Había una vez, en un valle rodeado de montañas suaves y amaneceres color durazno, una mujer llamada Rosa.
No era reina ni princesa, Era jardinera.
Desde muy joven había aprendido a cuidar.
Cuidaba las flores de la plaza.
Cuidaba los árboles del camino.
Cuidaba a los animales que llegaban heridos.
Cuidaba a los niños cuando lloraban.
Cuidaba a los ancianos cuando necesitaban compañía.
Y cuidaba a todos aquellos que, por alguna razón, se sentían solos.
Con el tiempo, la gente comenzó a decir:
—Si Rosa está cerca, todo estará bien.
Y Rosa sonreía.
Porque ayudar la hacía feliz.
Sin embargo, había algo que nadie veía.
Mientras regaba todos los jardines del valle, Rosa había olvidado regar el suyo.
Los años pasaron, algunas personas que ella amaba partieron.
Otras se alejaron, algunas decisiones que tomó fueron difíciles.
Y hubo momentos en que sintió que una parte de su corazón se rompía en silencio.
Pero Rosa era fuerte.
O al menos eso creía.
Cada vez que algo le dolía decía:
—No importa.
Después lo resolveré.
Y seguía adelante.
Un día, mientras trabajaba en su jardín, sintió algo extraño.
No era exactamente dolor.
Era más bien una llamada interior.
Una sensación que la hizo detenerse, por primera vez en mucho tiempo.
Y cuando se detuvo, escuchó algo.
No provenía del viento.
No provenía de los pájaros.
Parecía surgir desde lo más profundo de ella misma.
Una voz suave, muy suave
Tan suave que había pasado años sin escucharla.
La voz preguntó:
—Rosa...
¿quién te cuida a ti?
y de ese manantial del cual brota toda tu bondad.
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Y Rosa descubrió que no tenía una respuesta inmediata.
Porque durante tanto tiempo había sido quien sostenía a los demás y nunca había pensado en quién sostenía su propio corazón, su generosidad natural y sus deseos de cuidar.
Aquella noche soñó, soñó que caminaba por un inmenso jardín.
En él había miles de flores.
Cada una representaba una parte de su vida.
Su infancia.
Su juventud.
Sus hijos.
Sus amores.
Sus pérdidas.
Sus alegrías.
Sus decepciones.
Sus esperanzas.
Y en el centro del jardín encontró una rosa diferente.
Era hermosa.
Pero tenía algunos pétalos marchitos.
No porque estuviera muriendo.
Sino porque seguía queriendo dar más y más, estaba intentando llamar su atención.
La rosa habló.
Sí.
En los sueños las flores pueden hablar.
Y le dijo:
—No estoy aquí para asustarte.
Estoy aquí para ayudarte a mirar.
Hay lágrimas que no lloraste.
Hay abrazos que necesitabas.
Hay despedidas que quedaron pendientes.
Hay palabras que nunca dijiste.
Y hay partes de ti que han esperado años para ser escuchadas.
Rosa despertó conmovida.
No tenía todas las respuestas.
Pero comprendió algo importante.
Escucharse interiormente no era egoísmo.
Era una forma de amor.
Desde entonces continuó visitando a sus amigas.
Continuó siguiendo las recomendaciones que consideró adecuadas para su bienestar.
Pero además comenzó otro viaje.
Un viaje interior.
Se preguntó:
¿Qué situaciones me han dolido profundamente?
¿Qué pérdidas marcaron mi vida?
¿Qué preocupaciones llevo guardadas?
¿Qué partes de mí han permanecido en silencio?
¿De quién he tenido que despedirme?
¿Quién o qué he sentido que necesitaba proteger?
¿De quién o quiénes me estoy preocupando más de la cuenta?
¿Qué necesita hoy mi corazón?
Y cada vez que encontraba una respuesta, una pequeña parte de su jardín florecía nuevamente.
No porque la vida se volviera perfecta.
Sino porque comenzaba a sentirse completa.
Con el tiempo Rosa comprendió algo que compartió con todas las mujeres del valle:
—El cuerpo merece atención.
Nuestras emociones también.
Nuestras sensaciones pueden ayudarnos a comprender muchas cosas.
La escucha interior puede ayudarnos a vislumbrar lo que el cuerpo nos quiere decir.
Nuestras emociones dialogan con nuestros síntomas.
De hecho, caminar juntos.
Y cuando ambos caminos se encuentran, la mujer deja de sentirse sola frente a lo que está viviendo.
Desde entonces la llamaron Rosa Valiente.
No porque nunca tuviera miedo.
Sino porque aprendió a mirar su vida y sus sensaciones con honestidad, ternura y coraje.
Y descubrió que, a veces, la valentía más grande no consiste en cuidar a todos los demás.
Sino en atreverse a escuchar aquello que, desde hace tiempo, espera ser escuchado dentro de una misma.
Amigas una simple invitación a escucharse a sí mismas, Paco Cervantes franciscoecervantesi12@gmail.com
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